Estaba tan convencida de que lo que hacía era lo correcto, que debía defender la libertad, el bien, la democracia, que no me di cuenta todo lo que estaba perdiendo, lo que dejaba atrás, y peor, cómo no miraba atrás. Todos estábamos en shock, demasiada conmoción. No creo que sea arrepentimiento este pesar, más siento náuseas por el antes, el durante y el reaccionario después.
Perdí tanto luchando por la libertad y tan poco que ésta me devolvió. Tenía hermanos, mamá, papá, un trabajo, convicciones; ahora no tengo nada, nada más que angustia por los que ya no están, por los que se siguen escondiendo, por este pueblo impasible.
Poco a poco este cuerpo se volvió lánguido y mustio, el dolor y el cansancio eran inaguantables, me encuentro exhausta. Diecisiete años imprecando a esos asesinos me dejaron muda; creí merecer un descanso recobrada la dem… democracia, y ese descanso dura hasta hoy.
Esta pausa me tiene enferma. Me hallo en una vorágine donde los recuerdos intempestivos se acaban por juntar, cobran vida y prorrumpen en la habitación aclamando ser escuchados y no ser olvidados.
Mi congoja ya a nadie le importa, nadie la saluda, ni mucho menos la recibe. Pasa a ser una afrenta que punza en el fondo de mi enclenque alma.
Me han vedado la conciencia y me han quitado la vehemencia con la que solía actuar; de estar siempre enhiesta pasé a encontrarme día y noche agazapada.
En La Manifestación me intentan calmar unas sombras que me preguntan el por qué de mis arrebatos, no les respondo nada, ellas vivieron lo mismo que yo, pero mientras yo me sumerjo en la mierda de otros, ellas descollan proclamándose democráticas y defensoras de la libertad, cuando no son más que unos ávidos y sigilosos lobos que se disfrazan, y mal, de ovejas, sólo quieren poder y plata, y sólo se mantienen en el prado con sus marañas.
El vómito me llega hasta la garganta, me pongo las manos en la boca, casi todo vuelve al estómago. Allí acopio todos mis malestares, seguro que un día de estos revienta encarnizado cobrándome toda esta actitud condescendiente y esta asquerosa displicencia.
Llevamos más que suficiente tiempo musitando que creo que es tiempo de que una lavadora diga: me gusta comer moras y perros. Es tiempo también de que las guitarras paren de llorar y aprendan a escribir y sepan sentir más que la mano, que la esperanza no tenga fin, que las tijeras no corten más, que los colores se confundan y las tierras no tengan nombres. Sé que es más extraño esto que lo que intento describir, y si tuviera que mentir, diría que esto no tiene fin. Quiero hacer flotar los momentos, y que todos me acompañen en esta soledad.
Sin embargo, las luces se apagan con un tiro en la nuca* y una tele en cada habitación.